Marín, Ricardo (2003): “Aprender a dibujar para aprender a vivir” en Marín, R. y otros, Didáctica de la Educación Artística, Madrid: Pearson/Prentice Hall.
1. Resumen del texto:
La enseñanza del dibujo ha evolucionado desde la Antigüedad hasta nuestros días de modo parejo a los cambios en las sociedades en la que se han insertado.
El dibujo como enseñanza reglada en la escuela se implantó desde principios del siglo XIX. Hasta entonces, las enseñanzas artísticas estaban dirigidas a la formación de profesionales.
En la Antigüedad, ya Aristóteles en su Política alude a la utilidad de la enseñanza del dibujo para la vida diaria y para saber apreciar la belleza.
Durante la Edad Media las distintas artes eran consideradas oficios manuales y su enseñanza se realizaba en los propios talleres de trabajo, centrada especialmente en los materiales y técnicas.
En el Renacimiento se organizaron las academias de dibujo. La primera conocida es la promovida por Giorgio Vasari en 1563. Acudían a ellas,a partir de los 12 años, los futuros arquitectos, pintores y escultores. El programa de estudios estaba dividido en distintas fases que iban desde nociones básicas de geometría hasta la copia de obras de grandes maestros. El último estadio era el dibujo del natural. También había estudios teóricos: perspectiva, anatomía, etc. Este sistema se difundió por toda Europa y América a partir de la Academia de París, fundada en 1648.
En la primera mitad del siglo XIX, el dibujo se incluyó entre las materias obligatorias en la escuela primaria y secundaria. Se trataba ahora de enseñar a dibujar al conjunto de la población, que necesitaría esta herramienta para la mayoría de los trabajos cualificados en la era de la revolución industrial.
Para abordar esta nueva enseñanza se elaboraron multitud de manuales y cartillas escolares de dibujo. Pestalozzi publicó en 1803 ABC de la intuición o intuición de las proporciones, considerado el primer manual de educación artística para la infancia. El libro ponía mucho énfasis en la exactitud en el dibujo a mano alzada de diferentes figuras geométricas.
Un discípulo suyo, Friedich Froebel elaboró un material didáctico conocido como "regalos y ocupaciones", organizado en torno al juego.
A fines del siglo XIX, Gauguin se fue a vivir a Tahití en busca de un arte nuevo y puro, no contaminado de las viejas tradiciones culturales europeas. En general, los jóvenes artistas buscaron nuevas fuentes de inspiración en el arte primitivo de otras culturas.
En este sentido, buscando lo primigenio, lo puro, en la primera mitad del siglo XX se "descubrió" el dibujo infantil, es decir, éste dejó de considerarse como un cúmulo de errores que había que corregir y pasó a considerarse como la manera propia que tienen los niños de comprender el mundo. El artista Cizec abrió una escuela de dibujo libre y espontáneo infantil.
En los años centrales del siglo XX cristalizó la autoexpresión creativa, creada por el crítico de arte Herbert Read y el arte-terapeuta Viktor Lowenfeld. Lo importante de esta nueva tendencia era la persona que se estaba formando, no los contenidos de la enseñanza. Así, el desarrollo de la capacidad creativa fue el principal objetivo.
En 1951 la UNESCO organizó un seminario sobre educación artística que culminó con la fundación de la Sociedad Internacional de Educación a través del arte (INSEA).
En 1955 se aprovaron unas recomendaciones relativas a la enseñanza artística en las escuelas, que se resumían en la obligatoriedad de ésta en la escuela primaria y en la libre expresión como método más adecuado.
El psicólogo Rudolf Arnheim demostró en sus investigaciones que "ver es pensar", es decir, que la percepción visual es un proceso cognitivo activo y complejo.
Por otro lado, se empezó a considerar a las artes visuales como un lenguaje. Esto vino propiciado por el desarrollo de los nuevos medios de comunicación visual y la semiótica. La profesora Donis A. Dondis postuló los elementos básicos del lenguaje visual.
En las últimas décadas se han revisado los postulados de la autoexpresión creativa para llegar a la nueva concepción propiciada por el profesor Elliot W. Eisner, basada más en una construcción de conocimientos especializados. Estas ideas fraguaron en 1981 en un proyecto educativo llamado la DBAE. El objetivo es desarrollar las habilidades de los alumnos para apreciar el arte. Así, el conocimiento de las principales obras de arte es una de sus metas.
Estas ideas también están siendo revisadas en la actualidad.
-Pros y contras de las distintas etapas y grado de afinidad con cada una de ellas:
Las corrientes anteriores al siglo XIX tienen la desventaja de que llegaban a un porcentaje muy mínimo de la población y no fomentaban en absoluto la creatividad y el desarrollo de la propia expresión personal, aunque la imagen del artesano medieval enfrascado en su trabajo minucioso tenga a la vez para mí una pátina de comodidad y estabilidad que me seduce enormemente, sobre todo cuando me enfrento a la típica crisis del papel en blanco. Si sólo tienes que copiar no hay riesgo, claro.
El academicismo renacentista, que en gran medida he sufrido en mis carnes (es espeluznante la semejanza del programa de las academias con nuestras facultad), continúa en realidad lo aprendido en los gremios, aunque tiene la desventaja de no asegurar su puesto de trabajo al alumno, que debe destacarse de los demás a través de su propio ingenio. Aunque aquí entra por primera vez la creatividad en juego, ésta no es fomentada en la formación y lo que se forman son copistas espléndidos de obras de arte. No se fomenta el desarrollo de una estética personal, aunque después va a ser decisiva si se quiere destacar verdaderamente.
En general, la mayor afinidad la tengo con la corriente de la autoexpresión creativa. La autoexpresión a través del arte es la verdadera meta que debería tener cualquier enseñanza artística de calidad y me parece fundamental sobre todo en los primeros estadios del aprendizaje en los niños. Todo el trabajo desarrollado a partir del conocimiento de las habilidades diferenciadas del hemisferio derecho ha dado alas a un gran número de personas para conocerse mejor y de paso, crear algunas obras maravillosas, aunque eso sea secundario a mi parecer.
El conocimiento exhaustivo de la historia del arte que propone Eisner, aunque necesario también, no lo considero fundamental, sobre todo en los primeros niveles de enseñanza. Me parece una vuelta atrás al academicismo neoclásico y me parece que confía poco en el arte como herramienta liberadora.
De cara al presente, yo seguiría insistiendo en la autoexpresión como cometido principal de la enseñanza artística en todos sus niveles. En las enseñanzas superiores aderezaría este objetivo con un conocimiento de la historia del arte y de las herramientas técnicas necesarias en cada caso para poder llevar a cabo esa autoexpresión, junto a un conocimiento humanístico en general que permitiera al futuro artista tener una idea crítica del mundo en el que vive.
